domingo, 13 de junio de 2010

El centro de la inspiración


El centro de Lima es considerado por los limeños de nuestros días peligroso, vinculándolo a delincuencia, prostitución y demás vicios, desvían la vista a otros lugares para salir y divertirse como: Miraflores, Barranco y otros puntos. Les resulta increíble pensar que en el centro de la ciudad; lugar del que se especula ( y es seguro también) reinciden vicios temidos por una sociedad cucufata ; albergue enternecidamente en sus viseras al arte en rincones y esquinas desapercibidas, que han cobijado y guardan poetas del ayer y hoy, importantes políticos, presidentes, personajes que cambiaron nuestras historia. Aquellos bares que concentran la bohemia, cultura y el arte, y que son testigos mudos de parte de nuestra historia.


Se cuenta también que estos recintos han sido cómplices por guardar en sus mesas, paredes y barras planes secretos revolucionarios. Cuántos amores y obras habrán nacido en sus mesas, habrán sido escritas sobre sus servilletas, cuántas alegrías habrán visto y reviven todavía. Esas dudas navegan mientras se espera al mozo del bar Queirolo y se ve a las personas disfrutando sus cervezas. No después de mucho llega el mozo cargado del vino que se ha pedido y lo sirve con una elegancia ceremonial sin pausas, pues por hoy sábado, hay mucha clientela. El mozo es de mediana edad, de cabello engominado, uniformado con una camisa roja de cuello negro, coloca las copas sobre la mesa de madera y pone una servilleta alrededor del cuello de la botella, finalmente un chorro del vino de la casa cae con fluidez en las copa.
Las bodegas tras la barra están surtidas de piscos, vinos y demás bebidas y bar tender que trabajan sin cesar.


Son ya las 12 y 30 A.m. el bar no presta asiento para ni un cliente más. Al observar al rededor a los demás visitantes del Queirolo, un par de parejas se acarician en mesas cercanas, el público que asiste en su mayoría son hombres, de las edades de mi padre y mis abuelos, todos con un tema que discutir, una historia que contar para reflexionar o reír. Al lado de nuestra mesa conversan tres amigos de sienes plateadas, clientes eternos del Queirolo, parecen compartir muchos años vividos y las mismas anécdotas. Armados con una guitarra, agudos punteos; y aplausos propios de un viejo bolero cantinero que sus voces a coro entonan Marabú de Lucho Barrios

Adiós, ya me quedo sin ti, y así para qué más vivir. Sin ti, no podré más luchar. Sin ti para qué resistir…
Escuchando el caer del sonido del ton y son de sus aplausos y sus risas que van amainando se dan los pasos finales y últimos pensamientos que se despiden del Queirolo.

De camino a la Plaza San Martín una corriente de aire frío palpan los rostros que lo cortan a su paso en dirección contraria, en el camino es posible encontrarse con una pareja de góticos, por su aspecto ninguno pasa de los 25 años. El estilo del chico se asemeja al de Robert Smith (vocalista de The Cure) aunque el rostro empañado de polvo blanco y los ojos fuertemente delineados no pueden ocultar sus rasgos mestizos. Su compañera d e larga cabellera negra, luce un vestido, del mismo color de su cabello, estilo medieval con botas altas. Más que parecer fúnebres parecen una sátira, resultado de mezclar dos culturas, dos razas opuestas, el joven manos de tijeras versión Manco Cápac y Morticia Adams versión Mama Ocllo, fuman cigarros y beben de una botella de vino envuelto en una bolsa negra. O será quizá chicha de jora en una botella de whisky Johnnie Walker, ambos de espaldas parecen personajes del renacimiento europeo que se pierden al doblar en la esquina hacia el Jr. Quilca.


Ya en Jr. Belén está nuevamente parte de una cultura subterránea. Un grupo de góticos espera en la puerta del Mao Bar .Cabellos erizados, rostros pálidos a base de polvo, colmados de negro, negro, negro, más negro.
En el 1044 del jirón de la Unión está una escalera que desciende y traspasó el umbral dónde nos anuncia a luces de neón la estancia de un Piano – Bar desde 1954 pero se sabe que funciona desde mucho tiempo antes, es el Bar Munich.
Al entrar por fin al bar lo primero que escuchas, miras, sientes son los acordes y la melodía del vetusto piano trasmite un encanto especial, la media luz en que se encuentra, le da al bar una calidez que se agradece.
Como en el Queirolo el Munich también, está repleto pues bares de esta atmósfera apacible que nos envía a un siglo hacía atrás en el que vivieron su juventud nuestros padres y abuelos.
En la puerta está de pie un hombre con anteojos de bigote y cabellos blancos, viste de camisa; pantalón y saco crema vestido con una clásica gorrita crema de las que se ven en los viejos criollos se trata del baterista, Leo Agosto, que parece formar parte de la decoración de los años setenta del lugar.
Uno de los mozos del lugar nos acomoda a mis acompañantes y a mí en una mesa compartida por una pareja de ancianos de semblante paciente y agradable me cuentan que son antiguos clientes y conocen como se inicio el bar. Perteneció a una pareja de esposos Helga y Hans (ella alemana y él suizo) tuvieron por idea poner un bar en Lima en la primera mitad del siglo pasado. Trajeron un decorador suizo, madera norteamericana y un piano alemán. Luego se fueron y vendieron el bar a sus empleados.
Mario Castro, el pianista, los conoce, en una de las interrupciones se acerca a nuestra mesa y conversa con la pareja que nos acompaña y responde alguna de mis preguntas, trabaja aquí desde 1977 y menciona "Acá ha venido a tomar todo el mundo, sé que ha venido desde García Márquez cuando estuvo en Lima y era un muchacho y el mismo Bryce Echenique hasta Abimael Guzmán cuando era profesor". No hay más tiempo para preguntar y regresa a su labor de sacar melodías al armónico instrumento acompañado por su compañero de percusión, sin antes haberse llevado el pedido de Lágrimas Negras.
Se escuchan los murmullos, risas estridentes que provienen de cada una de las mesas. El público que usualmente frecuenta el Munich, no son solo personas adultas, también se encuentran jóvenes entre 20 y 30 años en compañía de amigos o en grupo con grandes chops de cerveza sobre la mesa en su mayoría universitarios e intelectuales.
Es hermoso estar aquí, sentirse protegidos, mientras arriba la ciudad es una barca naufraga en el mar de su propio delirio.


Una solitaria pareja baila en el medio de la pista de baile a vista de todos los que estamos reunidos aquí disfrutando del ambiente y de Lágrimas Negras. Bailan con elegantes y coquetos movimientos en el cual mueven todo el cuerpo pies, caderas, cintura, brazos al compás de la música, un baile que se veía en fiestas chalacas, hace ya más de veinte años.
Ellos animan a otras parejas a salir a bailar a la pista de pronto se reconoce nota a nota el ritmo de Llorarás de Oscar de León y coros provenientes de todo lugar se hace uno solo. Un reducido número de personas entre peruanos y extranjeros bailan al ritmo de la percusión y el piano canciones de salsa antigua. Y aquella es la última imagen que tengo del bar Munich, que desde los mediados del siglo pasado albergan a la bohemia de todos los tiempos.


Al terminar de subir las escaleras que conducen a la superficie y me llevan de nuevo a la realidad del centro, la obsoleta casona del Etnias parece rebotar toda su estructura con naturaleza autodestructiva, al compás de El matador de Los Fabulosos Cadillacs.
En el cruce de la Av. Nicolás de Pierola y Jr. de la Unión se divisa no muy lejos la hilera de prostitutas, los placeres carnales se asientan en las calles sin higiene, ni discreción. No es necesario caminar hasta las esquinas para encontrar amantes a buen precio, pues entre cuadra y cuadra te cruzas con dos o tres, mujeres de la mala vida, que dicen por ahí, hacen cosas buenas, ellas, en su gran mayoría desbordan carnes de sus diminutas y ajustadas prendas; travestis se exponen como maniquís en vitrinas, ambos ofreciendo el mejor servicio a sus clientes que ya tiene precio fijo en su tarifa personal. En esta avenida misma hay dos cines donde se proyecta a diario pornografía, cine París y otro cine que lleva el antiguo nombre de la avenida donde estoy situada, cine Colmena. Aún perduran impulsadores que siguen trabajando a pesar de ser aún la 1 de la madrugada, vocean sin cesar: A sol la barra, en puertas de night clubs anónimos que dicen prohibir el ingreso a menores de edad.
Las calles del Jirón de la Unión han cerrado sus puertas, los comerciantes se han ido, tanto tiendas como vendedores ambulantes; y es así como las edificaciones resaltan más y muestran humildemente el poco rastro de su majestuosidad de antaño, luciendo ahora deterioradas y solitarias, siendo empañadas por el coro energético de Personal Jesús que escapa por las ventanas, mientras paso de camino al PachaTayta , por una de las casonas que lo encierra, que actualmente se presta a ser el Yacana Bar.
Al caminar se siente como si se jugara con fuego, cada paso tiene altas dosis de suspenso, continuará el recorrido, sintiendo el gélido aliento del peligro en la nuca.
El PachaTayta está situado en Jr. Junín 285 a media cuadra de la Plaza de armas. El pachaTayta si bien es nuevo desde hace unos dos años, reúne a diferentes tipos de jóvenes de diferentes nacionalidades, con aficiones en común. Interesados en la música trova y otros géneros que son presentados en diferentes sábados allí, así como recitales de poesía.

El PachaTayta es una casona, dividida en pequeñas salas que hace mucho tiempo fueron habitaciones. Está retocada con cuadros artísticos, clasistas, surrealistas, y otros con detalles andinos de marcos hechos de madera con estilo rustico, colocados sobre las paredes de color guinda intenso. Por ello aquí los visitantes se asientan en diferentes cuartos en mesas antiguas de madera y disfrutan de la media luz que dan los faroles piramidales empotrados en el techo. En la habitación principal donde se realiza un recital, es la más oscura, el poeta declama sus propios poemas sentado en una banca alta, iluminado por una única luz que desciende sobre su cabeza, al lado de un horno de barro, el silencio predomina en la sala, en el cual todos los presentes agudizan sus oídos, procurando atención para dar sentido a cada una de las palabras pronunciadas, quién recita es Gala, una española, de rubias y largas trenzas rasta cubre su cabello con una pañueleta roja, de piel blanca como porcelana y rasgos que se perfilan dulces a la media luz, viste un vestido negro sobre pantys del mismo color toma el micrófono y finaliza musitando:

¿Reanimarás acaso tus espaldas marmóreas.
En los nocturnos rayos que filtran los postigos?
¿Socorrerás tu bolsa y tu garganta exangües
Con el oro que esplende en la bóveda azul?


Ella moldea su poesía no solo con palabras, también con sus manos, su cuerpo y sus palabras cargadas de esa energía, que se concentra en el salón principal del PachaTayta; y emerge por los balcones de guinda intenso a media luz. Y su voz es escuchada en las calles, sobre las fachadas y balcones coloniales de Jr. Junín, por donde fantasmas de personajes celebres aún deambulan, oyendo la proliferación del arte, de la cultura y el aún permanente rastro de bohemios que acuden al anochecer al centro de la inspiración, al centro de Lima.


Una canción precisa:

ángeles desamparados cerca al cielo de la Victoria







¿Qué comeré hoy? Esta es una pregunta que nos abarca al llegar la hora del almuerzo inclusive antes, o al sentir suculentos olores a ésta la hora exquisita, pero sería diferente, si te preguntaras en lugar de “Qué”, solo ¿Comeré hoy? , un silencio largo asume la voz infantil que se cuestiona está y otras preguntas, que precozmente ha ido tallando el sufrimiento.


Las calles que seguimos para llegar a este lugar, son agresivas como algunos de los rostros que cruzamos; y como las piedras del camino cargadas de miseria, polvo y abandono. El cerro de Yerbateros limita entre los distritos de El Agustino y La Victoria, yendo hacía arriba y más arriba, pasando casas de fachadas sin terrajear y decoradas por graffitis que solo reflejan lo que se observa en cada esquina, delincuencia. Encontramos en lo alto una casa, que nos han dicho ayuda a los niños menos afortunados de este cerro, del cual, podemos ver desde este mísero mirador, casas populosas tan minúsculas como los autos muchos metros más abajo del cielo aclarecido por el sol que pareciese que al ver tantos niños a decidido salir a calentarlos este Junio, aunque el invierno ya haya llegado.

Se escuchan voces de niños inquietos desde muchos metros antes como si pasáramos delante de un colegio a la hora del recreo. Pronto pequeños, de ojos y cabellos oscuros, entran por una puerta que siempre les estará abierta, en esta casa se cobijan, aprenden y les dan la esperanza que cuando crezcan podrán ser y tener lo que ellos sueñan.

En una larga mesa repleta de tazas y platos metálicos comían alrededor de 20 niños, algunos nos fueron presentados, fue así que conocimos a Pedro de 8 años, o Pedrito como lo conocen todos. Con lo que nos cuenta entendemos que lo que Pedrito viene a buscar por estas estrechas e inclinadas calles en este hostil cerro, es el auxilio que solo tres días a la semana encuentra, en este centro cristiano, que como puede ayuda tanto a Pedrito como a 236 que como él, son los que más lo necesitan en la zona, la gran mayoría, huérfanos.

Este centro que a duras penas puede ampararlos miércoles jueves y viernes dándoles desayuno, almuerzo; y educación para los más pequeños, cuenta con solo cinco salones, sin contar con una mejor infraestructura para poder ayudar a más niños a tantos como quisieran apoyar y por supuesto más días a la semana . Tratan de darse a basto como pueden con también cinco tutores que procuran visitar aunque sea dos veces al año a cada niño para conocer mejor su historia y acercarse más a ellos. Encontrando así historias que hieren a estos niños más profundo que la miseria, niños abusados por quienes supuestamente deben cuidarlos, dejando marcas indelebles en adultos que serán mañana. Sin poder hacer más que apoyarlos con los recursos que tienen ya que no cuentan con un psicólogo que pueda orientar profesionalmente a los niños, pidiéndoles nada más que se apoyen en ellos y que tengan mucha pero mucha fe en Dios.


Pedro persiste en buscarle siempre el chiste a todo, pregunta siempre con una sonrisa, aunque él lucha diariamente por el estilo de vida que tiene, para él no es sobrevivir sino simplemente es vivir y soñar con tener una casita cuando sea grande, a diferencia de Teresita que es otra protagonista de una historia de pocos capítulos, por su temprana edad de 9 años, ella como todos los niños de aquí corre en las calles de su barrio, peligroso por la delincuencia que en el persiste y con ella convive hombro con hombro, un día , una vecina cuenta, que Teresa, casi fue atropellada por un mototaxy (los cuales son los únicos que pueden llegar a transitar por sus calles por su estrechez y por su suelo abrupto) una vecina que por ahí pasaba logró, detener al mototaxista con un grito, la señora alarmada le preguntó a Teresa , ¿ Qué te pasa niña, a caso quieres morir? A esto ella respondió con otra pregunta ¿Para qué quiero vivir?




Su respuesta nos conmueve, nos obliga a esquivar la mirada, sin poder responder o comentar sobre esta historia, esas palabras expresadas de esa manera por un ser tan pequeño, que a sus años se da de cara con lo fuerte, que es la cruda realidad de su vida, sin padres que la cuiden y con una abuelita que no sabe cuanto tiempo más podrá estar con ella.


Los niños parecen olvidar lo que infortunadamente les ha tocado vivir, muchos no tienen un techo de material noble, ni de calamina, un colchón, ni una almohada para sostener sus cabecitas, ni muchos menos sus sueños, la miseria o la indiferencia de sus padres es algo que no parece callar sus risas que estallan en el aula de clases mientras juegan entre ellos, sus ojos traviesos nos miran con curiosidad y otros más pequeños de tres años se asoman por la puerta a mostrarnos una gran sonrisa o simplemente su curiosidad, para luego escabullirse por donde saltaron a mirarnos.


En este centro que es el segundo hogar de muchos niños y adolescentes, que llegan por hoy más tarde. Subimos escaleras que creemos no son las apropiadas para niños tan pequeños por sus angulosos peldaños de esquinas filudas, llegamos el salón donde están los más pequeños de 3 años, es la hora de la ensalada. Niños nos miran con sus grandes ojos brillosos por la inocencia propios solo de los que pocos años atrás, acaban de nacer. Mirando por la ventana vemos que casi alcanzamos el cielo, y es curioso ver y nos causa tanta lastima, que tantos angelitos han caídos tan cerca al cielo y persisten desamparados, indiferentes, inocentes a su realidad abrumados por la pobreza, a ellos solo les toca aprender lo que les enseñan, para así más tarde puedan tener una profesión y un futuro mejor.


El centro no tiene ningún apoyo del estado, éste se sustenta gracias a apoyo de instituciones cristianas como COMPASSION que ayuda aportando un presupuesto mínimo para cada niño y PRONAA que ayuda enviando alimentos, con estos fondos es con los que se sostiene este centro. En algunos casos brinda escolaridad a los niños, se celebra cumpleaños cada tres meses, festeja el día de la madre y tienen al menos una taza de chocolate un pedazo de panetón en las cenas navideñas. Pero este apoyo no basta comparadas a las ganas que esta institución tiene para ayudar a todos estos niños, y no caigan en garras de las drogas o de la delincuencia, y más aún a los adolescentes que más cercana están a ella. Como en el caso de algunos adolescentes, que tutores recuerdan con nostalgia y mucha lástima, que de niños se cobijaron en el centro y luego sin más esperanzas, ni ganas de luchar, se dejaron ir por el camino fácil de olvidar y perderse en el laberinto sin salida de la delincuencia y de las drogas, consumiéndose así, desapareciendo de a pocos. A esta edad dependen de ellos mismo y así se nos perdieron.

Al sentirnos tan cercanos a la realidad de estos niños, nos da impotencia por no poder hacer mucho por ellos; y así como también nos queda una noción de lo injusto que puede ser la vida para quienes de culpa no tienen nada, ni será Dios, ni del destino. A lo que debemos culpar no es más que a la indiferencia de nosotros mismos y la maldad humana que ha concebido esta miseria y está oculta en lo alto de un cerro, invisible para muchos cerca al cielo de la Victoria.