domingo, 13 de junio de 2010

ángeles desamparados cerca al cielo de la Victoria







¿Qué comeré hoy? Esta es una pregunta que nos abarca al llegar la hora del almuerzo inclusive antes, o al sentir suculentos olores a ésta la hora exquisita, pero sería diferente, si te preguntaras en lugar de “Qué”, solo ¿Comeré hoy? , un silencio largo asume la voz infantil que se cuestiona está y otras preguntas, que precozmente ha ido tallando el sufrimiento.


Las calles que seguimos para llegar a este lugar, son agresivas como algunos de los rostros que cruzamos; y como las piedras del camino cargadas de miseria, polvo y abandono. El cerro de Yerbateros limita entre los distritos de El Agustino y La Victoria, yendo hacía arriba y más arriba, pasando casas de fachadas sin terrajear y decoradas por graffitis que solo reflejan lo que se observa en cada esquina, delincuencia. Encontramos en lo alto una casa, que nos han dicho ayuda a los niños menos afortunados de este cerro, del cual, podemos ver desde este mísero mirador, casas populosas tan minúsculas como los autos muchos metros más abajo del cielo aclarecido por el sol que pareciese que al ver tantos niños a decidido salir a calentarlos este Junio, aunque el invierno ya haya llegado.

Se escuchan voces de niños inquietos desde muchos metros antes como si pasáramos delante de un colegio a la hora del recreo. Pronto pequeños, de ojos y cabellos oscuros, entran por una puerta que siempre les estará abierta, en esta casa se cobijan, aprenden y les dan la esperanza que cuando crezcan podrán ser y tener lo que ellos sueñan.

En una larga mesa repleta de tazas y platos metálicos comían alrededor de 20 niños, algunos nos fueron presentados, fue así que conocimos a Pedro de 8 años, o Pedrito como lo conocen todos. Con lo que nos cuenta entendemos que lo que Pedrito viene a buscar por estas estrechas e inclinadas calles en este hostil cerro, es el auxilio que solo tres días a la semana encuentra, en este centro cristiano, que como puede ayuda tanto a Pedrito como a 236 que como él, son los que más lo necesitan en la zona, la gran mayoría, huérfanos.

Este centro que a duras penas puede ampararlos miércoles jueves y viernes dándoles desayuno, almuerzo; y educación para los más pequeños, cuenta con solo cinco salones, sin contar con una mejor infraestructura para poder ayudar a más niños a tantos como quisieran apoyar y por supuesto más días a la semana . Tratan de darse a basto como pueden con también cinco tutores que procuran visitar aunque sea dos veces al año a cada niño para conocer mejor su historia y acercarse más a ellos. Encontrando así historias que hieren a estos niños más profundo que la miseria, niños abusados por quienes supuestamente deben cuidarlos, dejando marcas indelebles en adultos que serán mañana. Sin poder hacer más que apoyarlos con los recursos que tienen ya que no cuentan con un psicólogo que pueda orientar profesionalmente a los niños, pidiéndoles nada más que se apoyen en ellos y que tengan mucha pero mucha fe en Dios.


Pedro persiste en buscarle siempre el chiste a todo, pregunta siempre con una sonrisa, aunque él lucha diariamente por el estilo de vida que tiene, para él no es sobrevivir sino simplemente es vivir y soñar con tener una casita cuando sea grande, a diferencia de Teresita que es otra protagonista de una historia de pocos capítulos, por su temprana edad de 9 años, ella como todos los niños de aquí corre en las calles de su barrio, peligroso por la delincuencia que en el persiste y con ella convive hombro con hombro, un día , una vecina cuenta, que Teresa, casi fue atropellada por un mototaxy (los cuales son los únicos que pueden llegar a transitar por sus calles por su estrechez y por su suelo abrupto) una vecina que por ahí pasaba logró, detener al mototaxista con un grito, la señora alarmada le preguntó a Teresa , ¿ Qué te pasa niña, a caso quieres morir? A esto ella respondió con otra pregunta ¿Para qué quiero vivir?




Su respuesta nos conmueve, nos obliga a esquivar la mirada, sin poder responder o comentar sobre esta historia, esas palabras expresadas de esa manera por un ser tan pequeño, que a sus años se da de cara con lo fuerte, que es la cruda realidad de su vida, sin padres que la cuiden y con una abuelita que no sabe cuanto tiempo más podrá estar con ella.


Los niños parecen olvidar lo que infortunadamente les ha tocado vivir, muchos no tienen un techo de material noble, ni de calamina, un colchón, ni una almohada para sostener sus cabecitas, ni muchos menos sus sueños, la miseria o la indiferencia de sus padres es algo que no parece callar sus risas que estallan en el aula de clases mientras juegan entre ellos, sus ojos traviesos nos miran con curiosidad y otros más pequeños de tres años se asoman por la puerta a mostrarnos una gran sonrisa o simplemente su curiosidad, para luego escabullirse por donde saltaron a mirarnos.


En este centro que es el segundo hogar de muchos niños y adolescentes, que llegan por hoy más tarde. Subimos escaleras que creemos no son las apropiadas para niños tan pequeños por sus angulosos peldaños de esquinas filudas, llegamos el salón donde están los más pequeños de 3 años, es la hora de la ensalada. Niños nos miran con sus grandes ojos brillosos por la inocencia propios solo de los que pocos años atrás, acaban de nacer. Mirando por la ventana vemos que casi alcanzamos el cielo, y es curioso ver y nos causa tanta lastima, que tantos angelitos han caídos tan cerca al cielo y persisten desamparados, indiferentes, inocentes a su realidad abrumados por la pobreza, a ellos solo les toca aprender lo que les enseñan, para así más tarde puedan tener una profesión y un futuro mejor.


El centro no tiene ningún apoyo del estado, éste se sustenta gracias a apoyo de instituciones cristianas como COMPASSION que ayuda aportando un presupuesto mínimo para cada niño y PRONAA que ayuda enviando alimentos, con estos fondos es con los que se sostiene este centro. En algunos casos brinda escolaridad a los niños, se celebra cumpleaños cada tres meses, festeja el día de la madre y tienen al menos una taza de chocolate un pedazo de panetón en las cenas navideñas. Pero este apoyo no basta comparadas a las ganas que esta institución tiene para ayudar a todos estos niños, y no caigan en garras de las drogas o de la delincuencia, y más aún a los adolescentes que más cercana están a ella. Como en el caso de algunos adolescentes, que tutores recuerdan con nostalgia y mucha lástima, que de niños se cobijaron en el centro y luego sin más esperanzas, ni ganas de luchar, se dejaron ir por el camino fácil de olvidar y perderse en el laberinto sin salida de la delincuencia y de las drogas, consumiéndose así, desapareciendo de a pocos. A esta edad dependen de ellos mismo y así se nos perdieron.

Al sentirnos tan cercanos a la realidad de estos niños, nos da impotencia por no poder hacer mucho por ellos; y así como también nos queda una noción de lo injusto que puede ser la vida para quienes de culpa no tienen nada, ni será Dios, ni del destino. A lo que debemos culpar no es más que a la indiferencia de nosotros mismos y la maldad humana que ha concebido esta miseria y está oculta en lo alto de un cerro, invisible para muchos cerca al cielo de la Victoria.






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