El centro de Lima es considerado por los limeños de nuestros días peligroso, vinculándolo a delincuencia, prostitución y demás vicios, desvían la vista a otros lugares para salir y divertirse como: Miraflores, Barranco y otros puntos. Les resulta increíble pensar que en el centro de la ciudad; lugar del que se especula ( y es seguro también) reinciden vicios temidos por una sociedad cucufata ; albergue enternecidamente en sus viseras al arte en rincones y esquinas desapercibidas, que han cobijado y guardan poetas del ayer y hoy, importantes políticos, presidentes, personajes que cambiaron nuestras historia. Aquellos bares que concentran la bohemia, cultura y el arte, y que son testigos mudos de parte de nuestra historia.
Se cuenta también que estos recintos han sido cómplices por guardar en sus mesas, paredes y barras planes secretos revolucionarios. Cuántos amores y obras habrán nacido en sus mesas, habrán sido escritas sobre sus servilletas, cuántas alegrías habrán visto y reviven todavía. Esas dudas navegan mientras se espera al mozo del bar Queirolo y se ve a las personas disfrutando sus cervezas. No después de mucho llega el mozo cargado del vino que se ha pedido y lo sirve con una elegancia ceremonial sin pausas, pues por hoy sábado, hay mucha clientela. El mozo es de mediana edad, de cabello engominado, uniformado con una camisa roja de cuello negro, coloca las copas sobre la mesa de madera y pone una servilleta alrededor del cuello de la botella, finalmente un chorro del vino de la casa cae con fluidez en las copa.
Las bodegas tras la barra están surtidas de piscos, vinos y demás bebidas y bar tender que trabajan sin cesar.
Son ya las 12 y 30 A.m. el bar no presta asiento para ni un cliente más. Al observar al rededor a los demás visitantes del Queirolo, un par de parejas se acarician en mesas cercanas, el público que asiste en su mayoría son hombres, de las edades de mi padre y mis abuelos, todos con un tema que discutir, una historia que contar para reflexionar o reír. Al lado de nuestra mesa conversan tres amigos de sienes plateadas, clientes eternos del Queirolo, parecen compartir muchos años vividos y las mismas anécdotas. Armados con una guitarra, agudos punteos; y aplausos propios de un viejo bolero cantinero que sus voces a coro entonan Marabú de Lucho Barrios
Adiós, ya me quedo sin ti, y así para qué más vivir. Sin ti, no podré más luchar. Sin ti para qué resistir…
Escuchando el caer del sonido del ton y son de sus aplausos y sus risas que van amainando se dan los pasos finales y últimos pensamientos que se despiden del Queirolo.
De camino a la Plaza San Martín una corriente de aire frío palpan los rostros que lo cortan a su paso en dirección contraria, en el camino es posible encontrarse con una pareja de góticos, por su aspecto ninguno pasa de los 25 años. El estilo del chico se asemeja al de Robert Smith (vocalista de The Cure) aunque el rostro empañado de polvo blanco y los ojos fuertemente delineados no pueden ocultar sus rasgos mestizos. Su compañera d e larga cabellera negra, luce un vestido, del mismo color de su cabello, estilo medieval con botas altas. Más que parecer fúnebres parecen una sátira, resultado de mezclar dos culturas, dos razas opuestas, el joven manos de tijeras versión Manco Cápac y Morticia Adams versión Mama Ocllo, fuman cigarros y beben de una botella de vino envuelto en una bolsa negra. O será quizá chicha de jora en una botella de whisky Johnnie Walker, ambos de espaldas parecen personajes del renacimiento europeo que se pierden al doblar en la esquina hacia el Jr. Quilca.
Ya en Jr. Belén está nuevamente parte de una cultura subterránea. Un grupo de góticos espera en la puerta del Mao Bar .Cabellos erizados, rostros pálidos a base de polvo, colmados de negro, negro, negro, más negro.
En el 1044 del jirón de la Unión está una escalera que desciende y traspasó el umbral dónde nos anuncia a luces de neón la estancia de un Piano – Bar desde 1954 pero se sabe que funciona desde mucho tiempo antes, es el Bar Munich.
Al entrar por fin al bar lo primero que escuchas, miras, sientes son los acordes y la melodía del vetusto piano trasmite un encanto especial, la media luz en que se encuentra, le da al bar una calidez que se agradece.
Como en el Queirolo el Munich también, está repleto pues bares de esta atmósfera apacible que nos envía a un siglo hacía atrás en el que vivieron su juventud nuestros padres y abuelos.
En la puerta está de pie un hombre con anteojos de bigote y cabellos blancos, viste de camisa; pantalón y saco crema vestido con una clásica gorrita crema de las que se ven en los viejos criollos se trata del baterista, Leo Agosto, que parece formar parte de la decoración de los años setenta del lugar.
Uno de los mozos del lugar nos acomoda a mis acompañantes y a mí en una mesa compartida por una pareja de ancianos de semblante paciente y agradable me cuentan que son antiguos clientes y conocen como se inicio el bar. Perteneció a una pareja de esposos Helga y Hans (ella alemana y él suizo) tuvieron por idea poner un bar en Lima en la primera mitad del siglo pasado. Trajeron un decorador suizo, madera norteamericana y un piano alemán. Luego se fueron y vendieron el bar a sus empleados.
Mario Castro, el pianista, los conoce, en una de las interrupciones se acerca a nuestra mesa y conversa con la pareja que nos acompaña y responde alguna de mis preguntas, trabaja aquí desde 1977 y menciona "Acá ha venido a tomar todo el mundo, sé que ha venido desde García Márquez cuando estuvo en Lima y era un muchacho y el mismo Bryce Echenique hasta Abimael Guzmán cuando era profesor". No hay más tiempo para preguntar y regresa a su labor de sacar melodías al armónico instrumento acompañado por su compañero de percusión, sin antes haberse llevado el pedido de Lágrimas Negras.
Se escuchan los murmullos, risas estridentes que provienen de cada una de las mesas. El público que usualmente frecuenta el Munich, no son solo personas adultas, también se encuentran jóvenes entre 20 y 30 años en compañía de amigos o en grupo con grandes chops de cerveza sobre la mesa en su mayoría universitarios e intelectuales.
Es hermoso estar aquí, sentirse protegidos, mientras arriba la ciudad es una barca naufraga en el mar de su propio delirio.
Una solitaria pareja baila en el medio de la pista de baile a vista de todos los que estamos reunidos aquí disfrutando del ambiente y de Lágrimas Negras. Bailan con elegantes y coquetos movimientos en el cual mueven todo el cuerpo pies, caderas, cintura, brazos al compás de la música, un baile que se veía en fiestas chalacas, hace ya más de veinte años.
Ellos animan a otras parejas a salir a bailar a la pista de pronto se reconoce nota a nota el ritmo de Llorarás de Oscar de León y coros provenientes de todo lugar se hace uno solo. Un reducido número de personas entre peruanos y extranjeros bailan al ritmo de la percusión y el piano canciones de salsa antigua. Y aquella es la última imagen que tengo del bar Munich, que desde los mediados del siglo pasado albergan a la bohemia de todos los tiempos.
Ellos animan a otras parejas a salir a bailar a la pista de pronto se reconoce nota a nota el ritmo de Llorarás de Oscar de León y coros provenientes de todo lugar se hace uno solo. Un reducido número de personas entre peruanos y extranjeros bailan al ritmo de la percusión y el piano canciones de salsa antigua. Y aquella es la última imagen que tengo del bar Munich, que desde los mediados del siglo pasado albergan a la bohemia de todos los tiempos.
Al terminar de subir las escaleras que conducen a la superficie y me llevan de nuevo a la realidad del centro, la obsoleta casona del Etnias parece rebotar toda su estructura con naturaleza autodestructiva, al compás de El matador de Los Fabulosos Cadillacs.
En el cruce de la Av. Nicolás de Pierola y Jr. de la Unión se divisa no muy lejos la hilera de prostitutas, los placeres carnales se asientan en las calles sin higiene, ni discreción. No es necesario caminar hasta las esquinas para encontrar amantes a buen precio, pues entre cuadra y cuadra te cruzas con dos o tres, mujeres de la mala vida, que dicen por ahí, hacen cosas buenas, ellas, en su gran mayoría desbordan carnes de sus diminutas y ajustadas prendas; travestis se exponen como maniquís en vitrinas, ambos ofreciendo el mejor servicio a sus clientes que ya tiene precio fijo en su tarifa personal. En esta avenida misma hay dos cines donde se proyecta a diario pornografía, cine París y otro cine que lleva el antiguo nombre de la avenida donde estoy situada, cine Colmena. Aún perduran impulsadores que siguen trabajando a pesar de ser aún la 1 de la madrugada, vocean sin cesar: A sol la barra, en puertas de night clubs anónimos que dicen prohibir el ingreso a menores de edad.
Las calles del Jirón de la Unión han cerrado sus puertas, los comerciantes se han ido, tanto tiendas como vendedores ambulantes; y es así como las edificaciones resaltan más y muestran humildemente el poco rastro de su majestuosidad de antaño, luciendo ahora deterioradas y solitarias, siendo empañadas por el coro energético de Personal Jesús que escapa por las ventanas, mientras paso de camino al PachaTayta , por una de las casonas que lo encierra, que actualmente se presta a ser el Yacana Bar.
Al caminar se siente como si se jugara con fuego, cada paso tiene altas dosis de suspenso, continuará el recorrido, sintiendo el gélido aliento del peligro en la nuca.
El PachaTayta está situado en Jr. Junín 285 a media cuadra de la Plaza de armas. El pachaTayta si bien es nuevo desde hace unos dos años, reúne a diferentes tipos de jóvenes de diferentes nacionalidades, con aficiones en común. Interesados en la música trova y otros géneros que son presentados en diferentes sábados allí, así como recitales de poesía.
El PachaTayta es una casona, dividida en pequeñas salas que hace mucho tiempo fueron habitaciones. Está retocada con cuadros artísticos, clasistas, surrealistas, y otros con detalles andinos de marcos hechos de madera con estilo rustico, colocados sobre las paredes de color guinda intenso. Por ello aquí los visitantes se asientan en diferentes cuartos en mesas antiguas de madera y disfrutan de la media luz que dan los faroles piramidales empotrados en el techo. En la habitación principal donde se realiza un recital, es la más oscura, el poeta declama sus propios poemas sentado en una banca alta, iluminado por una única luz que desciende sobre su cabeza, al lado de un horno de barro, el silencio predomina en la sala, en el cual todos los presentes agudizan sus oídos, procurando atención para dar sentido a cada una de las palabras pronunciadas, quién recita es Gala, una española, de rubias y largas trenzas rasta cubre su cabello con una pañueleta roja, de piel blanca como porcelana y rasgos que se perfilan dulces a la media luz, viste un vestido negro sobre pantys del mismo color toma el micrófono y finaliza musitando:
¿Reanimarás acaso tus espaldas marmóreas.
En los nocturnos rayos que filtran los postigos?
¿Socorrerás tu bolsa y tu garganta exangües
Con el oro que esplende en la bóveda azul?
Ella moldea su poesía no solo con palabras, también con sus manos, su cuerpo y sus palabras cargadas de esa energía, que se concentra en el salón principal del PachaTayta; y emerge por los balcones de guinda intenso a media luz. Y su voz es escuchada en las calles, sobre las fachadas y balcones coloniales de Jr. Junín, por donde fantasmas de personajes celebres aún deambulan, oyendo la proliferación del arte, de la cultura y el aún permanente rastro de bohemios que acuden al anochecer al centro de la inspiración, al centro de Lima.
Una canción precisa:




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