
Precisamente de la calentura de la fiebre, el rubor de las mejillas, las ideas se contenían en la nariz congestionada, producía un silbido agudo al intentar respirar. Cuando ya no podía más pasaba las flemas con tantas palabras revueltas, tonadas, y tantos otros seres de su imaginación que lo iban inflando alarmadamente cuanto duró el resfrío. Podrían haber hecho una colección de poemas con los delirios efectuados, su madre no dejaba de sorprenderse por haber dado a luz a un ser que enceguecía por sus dotes, sería mucha soberbia pensar que ella había sido la madre de un ser perfecto.
Luján, dotado de talento que dejaba atolondrada a su madre y a cualquier maestro. Desde que empezó a coger objetos con las manos y formaba diferentes estructuras y de alguna manera darse a entender, su padre lo consideró un artista netamente precoz. El primer antecedente se dió cuando el médico creyó haberlo oído cantar en su vientre, tal vez no cantar exactamente, solía explicar su madre:
Mientras me echaba en la camilla para la evaluación del desarrollo del feto, el doctor examinaba mi vientre, untando un gel especial y luego oyó por el auricular los latidos del bebe. De pronto alzo la cabeza y me miró extrañado y dijo – ¿está susurrando? ¿una canción? Sonrió y siguió con lo suyo dejando de darle importancia.
Sin embargo, Luján, genio por donde se le mirara con solo 4 años ya era conocido y se había manifestado en muchos concursos de más de una disciplina, mantenía en la mirada tanta malicia que aunque prodigioso parecía odiar a todo cuanto se moviera.
Qué alegría para sus padres, innumerables premios rebozaban por las ventanas.
Primer lugar en ajedrez, atletismo, primer premio en matemáticas, adelantado en la escuela, con 8 años cursaba el tercero de secundaria, presión de parte del profesor de piano que rogaba que Luján diera su primer concierto, un solo de piano, cuánto logro para un maestro de piano sin nombre presentar un niño de 8 años con oído tan fino que lloraba al escucharlo musitando Oh Díos Mozart, Oh! Maravilloso Beethoven. Toda actividad que él realizaba era perfecto, parecía haber nacido predispuesto a hacer aquello. El mundo estaba preparado para él.
Ahora enmudecido, sumiso por su enfermedad que era la imperfección de su cuerpo mortal, no se le veía ni asomarse por la ventana, donde acostumbraba a tirar piedrecillas a palomas distraídas, que serían hasta entonces sus victimas favoritas. Como un hijo pródigo del ángel Luzbel, hermoso, un ángel caído aborreciendo su mortalidad. Voces Arrullaban en su cama, susurraban lo que le deparaba el destino al pequeó genio delirante.Tras la cabecera de su cama, lo cuidaban, alabándolo entre prosas y versos, reverenciándolo siempre como pequeño, nuestro pequeño Lucifer.



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