martes, 23 de marzo de 2010

Magia en Lima

Caminaba a paso acelerado cortando el viento, esquivando con ágil gracia, una que otra hosquedad que el nuevo mundo manaba, colmada de esa comunicación vulgar basada en nombrar objetos y encasillar sentimientos en vocablos, todo esto no rozaría siquiera los torneados bordes de sus orejas sutilmente puntiagudas, imperceptibles a la ceguera habitual del ser humano.

Recorriendo un boulevard limeño deslucido por el bullicio, que empañaban impiadosos los detalles de su arquitectura, cuales solían hechizar hace casi 300 años. Y ya no había el mínimo rastro de los hermosos paisajes de cerros amarillos que alguna vez existieron hace 700 años, y que aún perduraban en su memoria como una estrella que parpadeaba débil e insistente tras la espesura de la noche a millones de años luz. Ya no queda nada pensó: “Esta ciudad ha perdido su encanto de cada rincón”. Mientras caminada, pasaba centros comerciales repletos de sus recientes habitantes de los últimos 100 años.

En un ser de asimetrías perfectas, humanas, la reencontró de repente. En una mujer joven que bajo la sombra de aquella esquina, sus rasgos se perfilaban dulces y más frescos. Luego de un tercio de eternidad se habían reencontrando. Esta vez, al menos, él la había reconocido en sus grandes ojos inmensamente marrones, sin duda conocidos, eran los mismos gestos, y esa única mirada turbia que guardaba torrentes violentos de ideas, a un millón por segundo. Aunque en mil rostros diferentes estuviera ella, en diferentes tiempos y lugares, solo aquellos ojos solo podían (debían) ser solo, propios de ella. Y por fin. Se había tropezado con ella, causalmente.

Absorto recordó los hasta luego, que él resumía en ese momento en posibles adioses. Recordó sus últimas palabras de consolación y tantas promesas que se resumían en ese reencuentro, justo antes que iniciara un nuevo rumbo sin voltear a mirarlo siquiera mientras se alejaba, a más distancia se iba haciendo más pequeña, pero no más insignificante, desaparecía como el ocaso al otro lado del mundo, y él también debía hacer lo mismo, solo así se sostendría el presente, era el orden desde que sus nombres habían sido adivinados.



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