domingo, 14 de marzo de 2010

El nombre desconocido del amor


Las formas de su cuerpo y el brillo de sus ojos almendrados, ante el sol abrasante de la serranía, volvían a hacer delirar a Pedro Sánchez Calderón como un jovencito que acababa de encontrar el amor tras el deseo de mirar bajo las faldas de una mujer.

Una noche de fiesta apareció entre multitud y melodías melancólicas en el momento en que la chicha de jora había macerado a todos los asistentes tambaleantes y exagerados. Él, a rastras en el piso reconoció la silueta de una mujer joven y al alzar la mirada se dio con grandes ojos que no se sacaría de la cabeza ni un instante.

Pedro Sánchez Calderón, desde hace una semana cantaba las canciones que estuvieron presentes cuando la conoció, un huainito de amor cosechado con la pureza del aire de los andes y el cansancio de una jornada fértil de Junio.

Ciego de amor descuidó su hogar, su familia, y la cosecha. Estaba locamente enamorado que no lamentaba lo que estaba sucediendo porque, en realidad había olvidado, absolutamente todo.

Desconocía el nombre de esa criatura que lo había sacado de sus cabales era 20 años menor, siendo él un hombre maduro de sienes que empezaban a platinarse con la alegría de su juventud había empezado a teñir de negro sus cabellos, así lo sentía, se sentía vivo de nuevo, joven.

Días después de su primer encuentro dio una golpiza brutal a su mujer al reclamarle su ausencia y sus sueños despiertos.
La golpeo fuertemente, furioso, porque lo había sacudido de su estado insomne, la golpeo saldando la fuerza y los ánimos que había guardado hasta dejarla sin conocimiento, encerró a sus hijos menores en casa , golpeando al mayor de trece años que trato de impedir que siguiera golpeando a su madre.


Le encontraba a las afueras del pueblo, donde se habían plantado sin origen y crecían imponentes árboles de eucalipto y su amor, un lugar donde la luz se filtraba entre las hojas y el sol de medio día eran rayos de luz bajo esa alforja de hojas, ramas y nidos.

Lo estremecían sus manos se perdía en su mirada extrañamente deliciosa que invitaba a hundirse en sus pantanos de placer y caricias, saciando la sed de su cuerpo seco.

- ¿Harías lo que sea por mí? – le preguntaba mientras se recostaba en su torso desnudo mimándose en el amor después del amor.

- Lo que sea, lo que tú me pidas, pero dime tu nombre, ¿Cuántos encuentros más tendremos sin que me lo digas?

- Te lo diré cuando hagas lo que te pida. Pues, te quiero solo para mí, que me des una vida entera para mí - embadurnándole la boca con sus besos.

- ¿Cómo podría, yo darte eso?- mirandola extrañado

- Entregándote a mí, sin tu pasado, sin tu mujer, ni hijos. Pues ya sabes cómo… deshaciéndote de ellos…

Se levanto de repente dejándola tendida, desnuda y sonriente alejándose con una actitud tajante pero, en el transcurso del camino, sus pasos se iban volviendo violentos.

Su risa larga y sin pausas se hacía ecos incesante en su cabeza. Como un poseso se dirigió a su casa, unos vecinos lo vieron pasar con la mirada fija, y dieron la misma descripción, como un poseído caminaba sin fijarse lo que venía a sus narices.


Entonces entró en su casa encontró a su mujer aún tendida en el suelo con la sangre brotando de la boca y con el rostro irreconocible, deformado, de matices negruzcos y verdes, sus hijos lloraban al rededor de su madre, tomó al hijo mayor por el brazo y los más pequeños corrieron a ocultarse bajo al cama, vieron, escucharon y casi sintieron los golpes cargados de furia que daba su padre al hermano elegido para ser el primero en morir. Parecía que la pasión que sentía por ella se retrataba en cada golpe que lo acercaba más a ella.

Al ver que aquella masa rojiza que ya no se movía, ni gritaba, ni lloraba, se dirigió hacia a la cama sin titubeos.

Los niños lloraban aterrados, pero no rogaban. Tomó una soga y las cortó en pedazos con fuerza, parado frente a ellos.
Los ató de manos y pies y los amordazó, salió de casa y caminó rodeándola mientras vertía kerosene a la casa de madera, prendió un fósforo y el fuego empezó a correr a dirección del viento, la noche caía pesada y oscura sin ni una estrella.

Montó su caballo consternado, temblando, recordando las escenas como si lo estuviera viendo desde otro lugar sin entrar en razón, ni poder evitarlo. En ese momento solo quería verla, se sentía desvalido, necesitaba su fuerza.

La encontró más bella que nunca todos sus ademanes destilaban coquetería.


La miró desde su caballo, y la invito a subir a huir juntos, empezar de nuevo

- Ahora merezco saber tu nombre
- ¿Qué aún no lo sabes? – Preguntó, en sus ojos brillaban los soles de esos días misteriosos y juguetones.
- Yo soy….- decía, mientras subía al caballo pisando el estribo de la silla de montar, bajo la falda larga se asomada una pierna escamosa como de gallina.

El caballo relincho, haciéndola caer, el caballo enloquecido y sin rumbo cayó en un precipicio y dio a parar en los profundos peñascos afilados.

Los mismos vecinos, antes que se enteraran de la desgracia, vieron al caballo dirigirse al precipicio, relinchando y trotando enloquecido, sin un jinete encima.

- Era como si estuviera huyendo del diablo, o algo peor, la Cuda, el diablo hecho mujer.

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